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Leer narradores chilenos.

¿Cuáles? ¿Por qué?

¿Qué títulos, qué autores chilenos podemos recomendar para una lectura fundamental, de aquellas que no sólo quedan en el recuerdo, sino que siguen su trayecto incorporadas en nosotros como la vida misma? ¿De qué depende que esto ocurra? ¿De nuestro estado de ánimo congruente con la obra al momento de la lectura? ¿De la edad en que tomamos el libro? ¿O, entre otras, de la magia de aquel texto que supo instalarnos en el imaginario de ese mundo, en los diálogos que la obra establece con otros libros y tradiciones, en la familiaridad con esos personajes, en la urdimbre de la anécdota, en la melodía de las palabras como un tesoro espejeante que se revela ante los ojos?

Pareciera que un poco de todo eso, a veces pesando más una o algunas de ellas por sobre otras, pero finalmente, sin la necesaria armonía y equilibrio de todas, ninguna por sí sola sería capaz de instalar en el canon una obra como un clásico.  Y ese equilibrio, esa frescura de siempre, esa pasión pertinaz remontando los tiempos, pocas, muy pocas son las que lo alcanzan.

Según Grinor Rojo, el lúcido ensayista y académico, Alberto Blest Gana que inaugura la novela en Chile, sería el más grande narrador chileno de todos los tiempos, y tal vez podríamos entrar a polemizar con él ya que, siendo grande Blest Gana, creador de excelentes cuadros de época, poseedor de una suave y aguda antena social, hay algo tosco en su prosa que no marca piel ni corazón y con el andar del tiempo se desvanece, y no así por ejemplo, al menos en mi caso, con los “Recuerdos de treinta años” de José Zapiola que no es novelista pero… Luego si vamos a la pre historia de la novela chilena, no sería descaminado darle una nueva mirada al poema épico renacentista “La Araucana” de “No las damas, no amor, no gentilezas / de caballeros canto enamorados”

Puestas las bases entonces, podemos encaminarnos al gusto de nuestro tiempo, donde los límites de los referentes ya se nos pierden en Víctor Domingo Silva con su novela “El mestizo Alejo” en un tema que la modernidad oculta bajo la alfombra, en todo caso la novela perdura y se sostiene hasta hoy, como “La viuda del conventillo” de Alberto Romero, ese otro Chile subsumido en el actual, cuando los pobres y marginales vivían muy cerca o al lado nuestro. Y quedan y perduran también, cómo no, Baldomero Lillo, quién no recuerda “Cañuela y Petaca” ese cuento excepcional. Y el temor ancestral que nos trasmite Francisco Coloane, por aquellos parajes desolados e inhóspitos, que casi como Lovecraft, nos hace sentir el espíritu que habita allí; hay que volverlo a leer. A

Nicomedes Guzmán con esa selección fundamental de autores que llamó “Autorretrato de Chile” tan importante diría como “La sangre y la esperanza” su novela mayor, pero que nos enseña más de Chile que todos los textos de historia reunidos. Como lo hizo también de propia pluma Joaquín Edwards Bello en sus “Crónicas” y “Crónicas del tiempo viejo” que parecen escritas ahora, donde basta con cambiar los nombres y estamos en 2013. Sí, tomar “El roto” nuevamente, cruzar la línea del tren, y volver a Matucana y a la Estación Central. Hay que darse ese tiempo y disfrutar con cada una de estas lecturas, que remueven el pesado andamiaje a que la mala memoria y las malas lecturas a que nos vienen acostumbrando.

Leer a Manuel Rojas de “A pie por Chile” y de la “La oscura vida radiante” tal vez la mejor de sus novelas y casi desconocida. De González Vera cómo no recordar “Maruri esquina Cruz”, capítulo  y obra con la cual dialoga Fernando Alegría en “La maratón del Palomo” y en “A veces peleaba con su sombra” como en tantos otros relatos que calan hondo en una identidad nacional hoy diluyéndose en las aguas

 de la globalización, y a la cual ya se asomaba con “La última niebla” María Luisa Bombal, esa intuición que la vuelve tan vigente y actual.

De este cultivo surgieron el “Obsceno pájaro de la noche” y “El lugar sin límites”, ambas novelas extraordinarias, creadas sin duda en reacción a la narrativa local anterior, y que corresponden a lo mejor de José Donoso; curiosamente, ambas novelas coinciden pese a su manifiesto interés en romper con la tradición, con el marginal como personaje principal, pero algo ha cambiado, ya no es “el roto” sino un “imbunche” fabricado y cosidos los agujeros en la manufactura nacional, un engendro por el cual se expresan los otros, las otras, las viejas, la expresión nacional derivada como puesta en escena de una muy verdadera farsa. En tanto, Carlos Droguett acierta con “Eloy” el ñato Eloy, en la conjunción del mito del bandido, realidad y ficción entrecruzadas en “Lo Arcaya”, ahí pasando Pirque de la Viña Concha y Toro a la derecha y luego al Sur, donde confluyen la realidad con el mito, el último de los bandidos que cae en la casa del inquilino que lo acoge, tal vez el fin de las rutas paralelas al orden oficial, los desfiladeros cordilleranos por donde transitan, por donde podían transitar sin cercos ni catastros. “Los sesenta muertos en la escalera” también han cruzado el cerco del mundo libre de la calle, e irrumpen  en el edificio del Seguro Obrero, y allí el orden les cobrará también el precio, en las escaleras del edificio que todavía encontramos en calle Moneda con Morandé.

“Un hombre en la trampa” (Gogol) de Claudio Giaconi es tal vez uno de los ensayos que más nos enseñen a leer y apreciar, la relación entre hombre e historia, entre escritor y circunstancia, alcanza alturas pocas veces vistas entre nosotros, así como “La difícil juventud” relatos que parecieran ensamblar modernidad con Blest Gana.

Y de aquella generación, del cincuenta como le han dado en llamar a instancias de Cedomil Goic, cabe destacar “El orden de la familias” intenso y contenido relato de juventud de Jorge Edwards, tal vez lo mejor que haya escrito nunca, aunque para muchos el texto de denuncia “Persona non grata” resistiría el olvido, y de Enrique Lafourcade no sería su “Palomita blanca” sino “Mano de piedra” y las crónicas de domingo de “El Mercurio” que aún a ningún discípulo se le ocurre reunir.

Más acá, nos encontramos con los novísimos, con “Frente a un hombre armado” una novela mayor de Mauricio Wacquez que permanece hasta hoy ignorada, una novela que dialoga con “El barón rampante” de Italo Calvino, con “El gatopardo” de di Lampedusa, con Proust y con la tradición novelesca político social y se adelanta sideralmente a las novelas de género hoy en boga.

Los consistentes cuentos de “El ciclista del San Cristóbal” de Antonio Skármeta y “El entusiasmo”, sin duda abren una vertiente de conexión con la literatura norteamericana, con los cuentos de Salinger, con su “Cazador oculto” novela traducida también como “El guardián en el centeno”, e inaugura un nuevo ciclo en la narrativa nacional junto a Poli Délano de “Como buen chileno”, un libro de excelentes relatos reunidos que ensamblan un poco más atrás en la tradición norteamericana, con Hemingway y Fitzgerald, sin que pasemos por alto su “Piano bar de solitarios”. Magistral resulta Ariel Dorfman en su ensayo “Para leer el pato Donald” todo un modelo de análisis y en “Máscaras” una novela posterior, en su caso viviendo ahora en EE.UU. El hilo a plomo que une a Omar Saavedra con nuestra literatura queda de manifiesto en cuentos notables como “El funcionario” pese a residir más de treinta años en Alemania, el trozo de espejo aferrado a la mano del enano es una imagen que el tiempo no borra.

“Con la lengua afuera” cuentos de Jaime Hagel y “La lección de pintura” novela de Adolfo Couve, escapan un poco a la lógica generacional, con obras cuyo fuerte es el lenguaje y la composición, pero ambas se ganan su lugar.

Cerrando esta generación encontramos un libro de cuentos fundamental “Concentración de Bicicletas” de Carlos Olivárez, muerto ya hace unos años, que entronca con José Agustín de México y la narrativa latinoamericana en general, de la cual Chile se encontraba aislado y cuya influencia se percibe hasta hoy. Posteriormente aparecen dos novísimos destacables, Francisco Rivas Larraín de “Todos los días un circo” con una particular facilidad para entretener y ensamblar un relato dentro de otro; y Diamela Eltit que interconecta su narrativa con los discursos culturales y la academia, destacando con la irónica novela “Por la patria”

La llamada nueva narrativa, que de nueva ya no le queda nada, la abre en realidad José Leandro Urbina con “Las malas Juntas” (Cuentos 1978), y lo confirma posteriormente con la novela “Cobro revertido” ambas obras escuetas, modelo de estilo y concisión. “La ciudad anterior”, la interesante novela de Gonzalo Contreras, vendrá mucho después aportando ese algo de paso y neutro que lo semeja a Paul Auster, distinto a “El lugar donde estuvo el paraíso” de Carlos Franz, que anida en el húmedo y sofocante puerto amazónico de Iquitos como una suerte de “no lugar” o “no Chile” donde asienta la culpa ¿original?; 1973 como bruma enrarece la atmósfera. “Gente al acecho” los buenísimos cuentos de Jaime Collier, en su mayoría también ocurren lejos pero narrativamente su eje está aquí, “Danubio pardo” tal vez el mejor. “Los siete hijos de Simenon” de la zaga de Heredia de Ramón Díaz Eterovic, es una novela que merece relectura y “El orden de las cosas” de Pía Barros un cuento de excepción en diálogo de familia con Jorge Edwards, pasa el tiempo y no pierde nada de su tenso e incestuoso triángulo, como tampoco “Cruzar la calle” de Diego Muñoz, ese mundo de locos más sabio que el nuestro. “Hijo de mi” novela de Antonio Gil, nos cuenta los últimos días de Francisco Pizarro en prisión, y su fin más que merecido como se lo diagnosticara el príncipe de los cronistas, Pedro de Cieza de León, y luego en “Un cielo de serpientes” narra la historia de la momia del niño del cerro “El Plomo” como le hemos llamado, el niño dormido a 5400 metros de altura en la cima del Apu sagrado, que en la ceremonia Incaica de Qhapaq Qocha es ofrendado a Wiraquchan (Almácigo esencial de todas las cosas), hace alrededor de 500 años, es decir, cuando el Imperio y Qosqo era arrasado por el conquistador. El camino que siguieron el niño y los sacerdotes es el del Apukintu, el camino de las flores como ofrenda para el monte sagrado, nuestra actual Apoquindo.

“Los detectives salvajes” y “2666” de Roberto Bolaño, convengamos, no precisan recomendación, así como Bolaño, convengamos otra vez, tampoco es tan chileno, y que está muerto no es más que un decir, seguro.

Entre los jóvenes, jóvenes, me atrevo a recomendar “La indemnización” de Gianfranco Rolleri (Antología “Hombres con cuento” de Simplemente Editores). Ah, y si encuentra “A fuego eterno condenados” novela de quien escribe y de la cual no haré comentario alguno atrévase, o con “Santos de mi devoción” un libro de cuentos del cual tampoco diré nada.

Roberto Rivera Vicencio.(*)

Roberto Rivera Vicencio (Santiago - 1950)

Estudió Literatura. Miembro del primer Taller de Narradores de José Donoso e importante motor de iniciativas literarias en los 80` Dirigió la revista “Miradas” y trabajó en el diario “Las Ultimas Noticias” Sus cuentos han sido publicados en Latinoamérica, Canadá y USA, Croacia, Suecia, España, Francia y Escocia.

En 1986 publica “La Pradera Ortopédica” cuentos, proyecto que culmina con la novela “A Fuego Eterno Condenados”  Premiado en diversos concursos, obtuvo la Beca del Consejo Nacional del Libro con la novela “Piedra Azul”  En 2010 publica “Santos de mi devoción”

El 2004 fue invitado por San Diego State University (USA)

 

 

 

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